Por Raúl Antonio Capote (Agente Daniel de la Seguridad Cubana; N. del E.)
De recorrido por el centro de la Isla, René Greenwald (Oficial CIA; N. del E.) y yo  fuimos a almorzar al restaurante de la Torre de Iznaga, allí nos sorprendió una tormenta  y al salir rumbo a Trinidad tomamos un camino equivocado y terminamos en el pueblo de  Condado, no un fue viaje perdido porque disfrutamos de la belleza del Escambray, pero  estábamos lejos del camino a Trinidad.
En esas montañas se había desarrollado en los 60 la lucha contra las bandas de alzados  que asesinaron a un centenar de personas. En total 214 crímenes es la estadística  “heroica” de los mercenarios al servicio del enemigo, que nunca tomaron un pueblo, ni  derrotaron a una unidad de combate.
El Escambray nos rodeaba con sus lomas majestuosas, de una belleza sin par, con toda su  historia, con todo lo que para mí significa ese lugar donde mis padres formaron parte de  la gesta y recordaba a aquellos jóvenes de la Brigada Universitaria José Antonio  Echevarría, estudiantes de la Universidad de La Habana -escuchando sus historias me hice  revolucionario-, ellos fueron el ejemplo más directo que tuve.

En el Condado recogimos a una niña de unos 15 años que se dirigía a Trinidad, ella nos  sirvió de guía y le dio tremenda lección a René. Modesta, sencilla, llena de gracia  campesina, al hablarle René mal de la Revolución, respondió con palabras llenas de  sentimiento el porqué era revolucionaria, impresionaba el nivel de aquella niña, la  seriedad de su respuesta. René le preguntó de su escuela, de las asignaturas que  estudiaba, de las esperanzas para el porvenir y aquella niña campesina habló con tal  seguridad de su futuro, para ella era algo tan normal tener garantizados sus derechos  fundamentales, hablaba con tanta sabiduría y pasión que emocionó al veterano agente de la CIA. Todo lo que usted ve aquí se hizo después de la Revolución, hasta la carretera por  la que rueda este carro, se imagina usted, yo, hija de guajiros montañeses, nieta de
guajiros alfabetizados por la Revolución en 1961,pienso ser médico y ya ni siquiera tengo  que ir a Trinidad, ni a Sancti Spíritus porque acaban de construir un magnífico  policlínico en la zona, un policlínico docente, dijo con pasión y siguió enumerando todo  lo que el Socialismo ha dado a los habitantes del Condado.

El remate fue cuando le habló mal de Fidel y ella rápida, sin pensarlo dos veces, le  dijo, Fidel es el padre de todos los cubanos, su muerte sería la peor desgracia que nos  podría ocurrir y no le permito a nadie que hable mal de él, entonces René le preguntó,  si, pero si muere que va a pasar, nada, respondió ella, seguimos nosotros adelante. Escuchar a aquella niña hablar así, a aquella niña montañesa, a aquella guajirita cubana,  hizo que sintiera una seguridad tremenda, fue como una inyección de optimismo, ella no  sabe lo feliz que me hizo esa tarde, pensé, coño, esa es la gente por la que lucho, vale
la pena entregarlo todo, hasta la vida si es necesario.

Pensar lo que era el Condado y toda aquella zona antes del 59, ver lo que la Revolución  había logrado, como había transformado aquello, hasta el punto que una niña campesina,  vea como algo natural tener no uno, sino varios médicos en su pueblo cercano a las nubes,  tener una escuela, tener un futuro. Me dije tenemos que defender el sueño de esa niña a  cualquier precio.
Cuando llegamos a Trinidad el sacó la billetera y le ofreció dinero a la niña, para que  se comprara algún regalo y ella firme le respondió, mis padres me enseñaron que no debía  recibir dinero de extraños, pero además uno no puede aceptar dinero que no sea fruto del
trabajo.
Lesvia se llama la niña, que impactó tanto al Gran Amigo, que después de ese viaje,  comenzó a usar su nombre como seudónimo en la comunicación entre nosotros. Bien educada,  decente, valiente y muy bonita. La dejamos en Trinidad cerca de la casa de su tía, nunca  la he olvidado, cuando peor se ponían las cosas, le recordaba y me daba fuerzas.

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