Cuando se contrasta la idea de lo que fue pasado con lo que puede llegar a ser el futuro, al ritmo del febril cambio científico y tecnológico que vemos en nuestros días, no podemos dejar de pensar en el desafío que significa para la juventud la necesidad de estar a la altura de estas rigurosas exigencias que no admiten mediocridad ni facilismo.
Los países que hoy llevan la iniciativa en la construcción de lo que será el mundo del mañana son los que tienen plena conciencia futurista. Los protagonistas son los jóvenes que nacieron en la era de internet, la comunicación satelital, la abundante información y el amplio conocimiento facilitado por esos poderosos motores de búsqueda como Google.
Desde que el mundo moderno se configuró a partir del reconocimiento del ser humano como el protagonista de la historia, la sociedad no deja de cambiar mediante la investigación científica que no se cansa de descubrir e inventar en todos los ámbitos. Mucho de aquello que en un tiempo solo era tenido como cosa de la ciencia ficción, hoy es realidad. Los conceptos se replantean cada día. Ahora no solo se trata de comprender las tres dimensiones que configuran el espacio: largo, ancho y profundidad, y la tradicional consideración del tiempo; sino entender el valor de la velocidad de la comunicación que ha relativizado la distancia y el tiempo. Mientras una carta en tiempos de la colonia tardaba tres meses en ir de Quito a España y otros tres en llegar la respuesta, hoy todo es instantáneo, la distancia y el tiempo se volatilizan.
La velocidad es la nueva dimensión de la realidad humana. Las cosas dependen de la velocidad a la que se reaccione frente a las últimas novedades ya sea en el campo científico como en el político, social, cultural, ambiental, etc. Antes podía esperarse, hoy no hay tiempo, los acontecimientos se suceden unos a otros como en cascada. La planificación se ve obligada a compartir espacio con la capacidad de improvisar ante lo inusitado. La lógica racionalista deja de ser un rígido esquema determinado exclusivamente por la ley de la causa y el efecto, para abrirse a valorar también a la intuición porque la incertidumbre, las coincidencias y la suerte están presentes en todo.
Concentrar la atención en el futuro es cuestión de vida o muerte, pero eso no significa subestimar la importancia de la historia. Esto a propósito de la última obra del periodista Andrés Oppenheimer titulada: ¡Basta de historias! La obsesión latinoamericana con el pasado y las 12 claves del futuro. El análisis que hace de la educación en países como Finlandia, Singapur, China, Corea, India, Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, México es muy interesante y fundamentado, sin embargo, su conceptualización en torno a la historia está completamente equivocada.
El futuro y la historia no son incompatibles ni excluyentes. La realidad es, simultánea e instantáneamente, el pasado, el presente y el futuro. Es indispensable preocuparse por el futuro, pero pretender olvidar la historia es un perfecto adefesio. Si el mismo autor olvidara su propia historia, eliminaría de su mente todos los conocimientos que los ha adquirido en el pasado mediante sus estudios y hasta su idioma aprendido cuando fue niño con lo cual no sabría ni siquiera quien es. Subestimar o despreciar la historia es absurdo.
Alguien que con dramatismo quería destacar su compromiso con el futuro se le ocurrió decir: “nada con el pasado, todo con el futuro”, y aunque no falte quien crea que esta es una frase de gran impacto, es indispensable darse cuenta que es tan insensata como falsa, porque el ser humano no es un aparecido de la nada, sino el producto de toda la trayectoria histórica de la especie en lo general, de su pueblo en lo social y de su familia en lo personal, pues, del mismo modo que sin pasado no hay presente, sin padres no hay hijos. Quien pretenda eliminar el pasado se elimina a sí mismo porque la realidad no se fragmenta.
Hay que entender que el presente no es otra cosa que toda la historia activada hoy. Si se olvidara la historia seríamos seres vacíos, sin conciencia de identidad, sin referentes, sin acumulación ni transmisión de todo ese amplio bagaje de conocimientos desarrollados desde los primeros tiempos que conforman la filosofía, la ciencia y la tecnología. Borrar a la historia de la mente es impedir la construcción del futuro.
No se trata de quedarse nostálgicamente atrapados en el recuerdo del pasado, sino de tener profundo conocimiento de él, para construir el futuro con igual o mayor esfuerzo del que hicieron en su momento los héroes, los líderes, los científicos y nuestros propios padres y abuelos. A ellos no se les honra refugiándose ni aislándose en su reminiscencia, sino asumiendo cada día el desafío para alcanzar los nuevos éxitos que a los ancestros les haría sentirse orgullosos al saber que su sacrificio no fue vano. Para estar a la altura de las glorias del pasado es necesario estudiar, luchar y trabajar duro con el propósito de alcanzar los triunfos del futuro.
La fuerza de la historia se proyecta en el ímpetu para forjar el porvenir. Sin el conocimiento y el respeto por el pasado no se desarrolla la energía para enfrentar los retos del mañana. Despreciar la historia es cortar las alas al futuro.

César Alarcón

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